Habíamos quedado en el anterior artículo
recién aterrizados en Palermo y ya subidos en nuestro flamante Fiat Punto de
alquiler, el plan inicial era bajar a Palermo, ocupar la habitación en el hotel
Mercure y si acaso pasar el dia conociendo un poco la ciudad, porque teníamos
otros dos días en ella al final de la semana. Pero nuestro itinerario no tocaba
el pico noroeste de la isla y eso no está bien, no queríamos perdernos nada,
así que cambiamos de planes sobre la marcha y salimos a la autopista E90 a eso
de las 12, dispuestos a gastar el día por ahí lejos, dejando la capital para el
final de la semana. La energía inicial y el entusiasmo nos hacían olvidar el
jet lag y el cansancio.
Todo el mundo nos había hablado muy bien de
Monreale, un pueblo histórico en lo alto de la montaña (como tantos que
veríamos luego) a 11 kilómetros de la capital, así que empezamos por ahí.
Subida con muchas curvas y llegada por los pelos a la última media hora de apertura
de la catedral, en esa peculiar mezcla de estilo bizantino y normando y con
preciosos mosaicos dorados, de los mejores de la isla. El Cristo del ábside es
muy expresivo, nos recordó al que aún se ve en Santa Sofía, en Estambul. En
cuanto el puntual funcionario nos echó del templo (puntual para cerrar, no sé
yo para abrir), dimos una vuelta por el pueblo, que tiene poco más que ver: el
mirador sobre Palermo y la plaza. Comimos cualquier cosa en una terraza y
venga, a bajar las cuestas para ver otros lugares. La autopista pasa ahora por
viaductos y túneles en un paisaje muy montañoso que recuerda a La Hermida.
Una parada para tomar un baño en la playa de
Castellammare, melancólica ya con pocos turistas (ahora viéndolo con
perspectiva me asombra esa energía inicial, teniendo en cuenta cómo acabamos el
viaje), y al coche otra vez para seguir bordeando la costa del Tirreno. Pasamos
una idílica cala azul, Guidaloca, y
subimos al antiguo caserío de Scopello, en su día factoría de atunes y tomado
hoy por gente alternativa y por restaurantes con terraza sobre el azulísimo mar,
merece la pena. El objetivo final del día era Erice (Ériche dicen ellos), un
pueblo medieval que domina Trapani. En la entrada del pueblo unos amables
policías habían decidido cerrar la carretera porque sí (la reabrieron al poco
de pasar nosotros) y nos mandaron abajo a Trapani a buscar un ascenso
alternativo. Tras mucho preguntar dimos con la nueva subida, interminable y de mérito (recomiendo
encarecidamente el funicular), pero el resultado bien mereció la pena, el
pueblo es monumental y tuvimos un precioso atardecer sobre Trapani, sus salinas
y una especie de peñón de Ifach a lo bestia, San Vito Lo Capo.
Si nuestro plan fuera libre seguramente
hubiéramos elegido un hotelito aquí y mañana hubiéramos seguido viaje hasta
Agrigento, pero nuestro fly&drive incluía noche pagada en Palermo, así que
larguísimo tramo de carretera de vuelta llena de curvas, de noche, y con el
remate final de encontrar el hotel en el caótico trazado palermitano, hubo un
momento en que reventamos, dejamos el coche de cualquier modo en la calle y
buscamos un sitio para cenar.
Atraídos como las polillas por una terraza
muy iluminada y llena de gente dimos con el restaurante Ferro di Cavalo, menudo
hallazgo, una trattoria especializada en pescado y baratísima, en la que el
pago funciona al modo tradicional basado en la buena voluntad: cuando acabas la
cena le explicas al de la caja lo que has comido y él se fía y te lo cobra.
Pierde algún plato, pero sólo el dueño toca el dinero, muy siciliano. Algo
reconfortados encontramos por fin el hotel Mercure que nos recibió con su
estilo de sólida elegancia y eficacia (me encanta esta cadena) y caímos muertos
en la inmensa cama. Para terminar un día que había amanecido en Madrid, ya estaba
bien.
Son impresionantes e imprescindibles las
ruinas de Segesta y las de Selinunte, dos grandes ciudades rivales de la época
griega, la primera fundada por los élimos, un pueblo de origen desconocido que
se decía descendiente de troyanos huidos, y la segunda, la gran colonia griega en
la costa. Separadas por unos 40 kilómetros, mantuvieron continuas refriegas e
incidentes de frontera hasta que los griegos de Selinunte se hartaron, subieron
a Segesta en expedición de castigo, y pasaron a cuchillo a sus 10.000
habitantes borrando del mapa la ciudad y toda su civilización, en aquella época
estas cosas se resolvían así. Quedó como testigo mudo un gran templo en piedra
amarilla que aparece hoy perfectamente reconstruido, impresiona verlo solo en
medio del valle, sin casas ni pueblos alrededor. Hay también un pequeño
anfiteatro en la colina, si subís a verlo recomiendo encarecidamente tomar un
autobús que sale de abajo, por 3 € te ahorras la penosa subida bajo el sol.
Las ruinas de Selinunte no son menos
impresionantes, un recorrido por varios templos al borde del mar, se toman unas
preciosas fotos de columnas con el azul de fondo. La novedad de este yacimiento
para mí es que se pueden ver dos templos no restaurados, uno de ellos de hecho
el más grande de la isla, así que te puedes hacer una idea de cómo estaba todo
tras siglos de terremotos antes de que llegaran los restauradores: una revuelta
montaña de rodajas de columna como de 20 metros de altura, los sencillos y
grandiosos capiteles dóricos extendidos por el suelo en todas las posiciones
como platillos volantes derribados, cada uno debe pesar muchísimas toneladas. Chapó
por los restauradores que tienen que decidir cómo resolver este enloquecido
puzzle, no puedo imaginar el tamaño de las grúas necesarias para apilar las
rodajas, y chapó desde luego por los griegos, que lo construyeron sin grúa.
Algunas columnas serán más fáciles porque aparecen solo derribadas de lado,
como un chorizo recién cortado en lonchas.

Y aquí nos quedamos durmiendo en el extraño
hotel, mañana será otro día y habrá que tomar decisiones porque nos separan 240
kilómetros de nuestro destino, Siracusa, y por el camino hay cosas que no nos
podemos perder como Enna y la villa romana de Casale, hoy ya a descansar.
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