miércoles, 21 de septiembre de 2016

Viaje a Sicilia II. Palermo, Trapani, Agrigento.




Habíamos quedado en el anterior artículo recién aterrizados en Palermo y ya subidos en nuestro flamante Fiat Punto de alquiler, el plan inicial era bajar a Palermo, ocupar la habitación en el hotel Mercure y si acaso pasar el dia conociendo un poco la ciudad, porque teníamos otros dos días en ella al final de la semana. Pero nuestro itinerario no tocaba el pico noroeste de la isla y eso no está bien, no queríamos perdernos nada, así que cambiamos de planes sobre la marcha y salimos a la autopista E90 a eso de las 12, dispuestos a gastar el día por ahí lejos, dejando la capital para el final de la semana. La energía inicial y el entusiasmo nos hacían olvidar el jet lag y el cansancio.

Todo el mundo nos había hablado muy bien de Monreale, un pueblo histórico en lo alto de la montaña (como tantos que veríamos luego) a 11 kilómetros de la capital, así que empezamos por ahí. Subida con muchas curvas y llegada por los pelos a la última media hora de apertura de la catedral, en esa peculiar mezcla de estilo bizantino y normando y con preciosos mosaicos dorados, de los mejores de la isla. El Cristo del ábside es muy expresivo, nos recordó al que aún se ve en Santa Sofía, en Estambul. En cuanto el puntual funcionario nos echó del templo (puntual para cerrar, no sé yo para abrir), dimos una vuelta por el pueblo, que tiene poco más que ver: el mirador sobre Palermo y la plaza. Comimos cualquier cosa en una terraza y venga, a bajar las cuestas para ver otros lugares. La autopista pasa ahora por viaductos y túneles en un paisaje muy montañoso que recuerda a La Hermida.

Una parada para tomar un baño en la playa de Castellammare, melancólica ya con pocos turistas (ahora viéndolo con perspectiva me asombra esa energía inicial, teniendo en cuenta cómo acabamos el viaje), y al coche otra vez para seguir bordeando la costa del Tirreno. Pasamos una idílica cala azul,  Guidaloca, y subimos al antiguo caserío de Scopello, en su día factoría de atunes y tomado hoy por gente alternativa y por restaurantes con terraza sobre el azulísimo mar, merece la pena. El objetivo final del día era Erice (Ériche dicen ellos), un pueblo medieval que domina Trapani. En la entrada del pueblo unos amables policías habían decidido cerrar la carretera porque sí (la reabrieron al poco de pasar nosotros) y nos mandaron abajo a Trapani a buscar un ascenso alternativo. Tras mucho preguntar dimos con la nueva subida,  interminable y de mérito (recomiendo encarecidamente el funicular), pero el resultado bien mereció la pena, el pueblo es monumental y tuvimos un precioso atardecer sobre Trapani, sus salinas y una especie de peñón de Ifach a lo bestia, San Vito Lo Capo.

Si nuestro plan fuera libre seguramente hubiéramos elegido un hotelito aquí y mañana hubiéramos seguido viaje hasta Agrigento, pero nuestro fly&drive incluía noche pagada en Palermo, así que larguísimo tramo de carretera de vuelta llena de curvas, de noche, y con el remate final de encontrar el hotel en el caótico trazado palermitano, hubo un momento en que reventamos, dejamos el coche de cualquier modo en la calle y buscamos un sitio para cenar.

Atraídos como las polillas por una terraza muy iluminada y llena de gente dimos con el restaurante Ferro di Cavalo, menudo hallazgo, una trattoria especializada en pescado y baratísima, en la que el pago funciona al modo tradicional basado en la buena voluntad: cuando acabas la cena le explicas al de la caja lo que has comido y él se fía y te lo cobra. Pierde algún plato, pero sólo el dueño toca el dinero, muy siciliano. Algo reconfortados encontramos por fin el hotel Mercure que nos recibió con su estilo de sólida elegancia y eficacia (me encanta esta cadena) y caímos muertos en la inmensa cama. Para terminar un día que había amanecido en Madrid, ya estaba bien.

Al dia siguiente decidimos levantarnos algo tarde para descansar del palizón del dia anterior, y disfrutamos del desayuno con esos canutillos de queso Ricotta que ya veríamos por todas las pastelerías. El plan del día era ruinas y más ruinas, que de eso hay en la isla para aburrir, tirando para el sur y parando en Segesta, Selinunte y finalmente en Agrigento.

Son impresionantes e imprescindibles las ruinas de Segesta y las de Selinunte, dos grandes ciudades rivales de la época griega, la primera fundada por los élimos, un pueblo de origen desconocido que se decía descendiente de troyanos huidos, y la segunda, la gran colonia griega en la costa. Separadas por unos 40 kilómetros, mantuvieron continuas refriegas e incidentes de frontera hasta que los griegos de Selinunte se hartaron, subieron a Segesta en expedición de castigo, y pasaron a cuchillo a sus 10.000 habitantes borrando del mapa la ciudad y toda su civilización, en aquella época estas cosas se resolvían así. Quedó como testigo mudo un gran templo en piedra amarilla que aparece hoy perfectamente reconstruido, impresiona verlo solo en medio del valle, sin casas ni pueblos alrededor. Hay también un pequeño anfiteatro en la colina, si subís a verlo recomiendo encarecidamente tomar un autobús que sale de abajo, por 3 € te ahorras la penosa subida bajo el sol.

Las ruinas de Selinunte no son menos impresionantes, un recorrido por varios templos al borde del mar, se toman unas preciosas fotos de columnas con el azul de fondo. La novedad de este yacimiento para mí es que se pueden ver dos templos no restaurados, uno de ellos de hecho el más grande de la isla, así que te puedes hacer una idea de cómo estaba todo tras siglos de terremotos antes de que llegaran los restauradores: una revuelta montaña de rodajas de columna como de 20 metros de altura, los sencillos y grandiosos capiteles dóricos extendidos por el suelo en todas las posiciones como platillos volantes derribados, cada uno debe pesar muchísimas toneladas. Chapó por los restauradores que tienen que decidir cómo resolver este enloquecido puzzle, no puedo imaginar el tamaño de las grúas necesarias para apilar las rodajas, y chapó desde luego por los griegos, que lo construyeron sin grúa. Algunas columnas serán más fáciles porque aparecen solo derribadas de lado, como un chorizo recién cortado en lonchas. 
   
De nuevo al coche para seguir ya de un tirón hasta Agrigento, donde haremos noche. Pasamos por delante del Valle de los Templos, ahora iluminado, y callejeamos hasta encontrar el hotel Dei Pini, pinchazo en hueso esta vez, ya me lo temía cuando miré su calificación en Booking, solo un 7, hace mucho que adopté la norma de no reservar en un hotel con calificación inferior a 8 pero esta vez decidía la mayorista, aunque les pedí que lo cambiaran me dijeron que nadie se había quejado. Es un hotelón de carretera de los años 70 de esos que salen en las películas de viajantes, oscuro y deprimente. El recepcionista se desvive por mejorar la impresión y nos cambia el cuarto, pero el tema no mejora. Salimos a cenar a Agrigento, una ciudad que nos parece bonita, una calle central larguísima llena de comercio y restaurantes, las calles laterales de la derecha van hacia arriba llenas de escaleras, las de la izquierda bajan hacia el valle, recuerda bastante a Béjar. Nos sentamos en un restaurante que ha ocupado con sus mesitas toda una empinada y romántica plaza lateral (”Di Bacco”), la luz es amarilla y hay varios gatos pidiendo una sardina a los clientes. Algún vecino de los balcones se pone a tender la ropa y nos cae encima un chorro de agua (espero), pero todo se resuelve con un poco de buen humor y un cambio de mesa.



Y aquí nos quedamos durmiendo en el extraño hotel, mañana será otro día y habrá que tomar decisiones porque nos separan 240 kilómetros de nuestro destino, Siracusa, y por el camino hay cosas que no nos podemos perder como Enna y la villa romana de Casale, hoy ya a descansar.

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