Alguien poco informado nos había dicho que
Catania no tenía mucho que ver, qué bocas, es una gran ciudad con mucho
patrimonio monumental, con universidad (con el ambiente que eso genera), y
sobre todo con un mercado apabullante del que habíamos oído hablar mucho. Tras
instalarnos en la regia habitación pedimos opinión al encargado sobre dónde
cenar y nos recomendó irnos a uno de los tres pueblos costeros que hay hacia el
norte: Acicastello, Acitrezza y Acireale. Queríamos llegar al último, pero
visto lo mala y congestionada que estaba la carreterilla costera nos quedamos
en Acicastello, y aprovechamos para ver el atardecer en el área marina
protegida de las Islas Cíclopes. Decidimos darnos un homenaje en un restaurante
romántico de pescado, pero no fue gran cosa, está visto que aquí lo que
funciona son las trattorías populares.
Tras un lujoso sueño bajo nuestro baldaquino
nos preparamos al día siguiente para otra jornada apretada, no hay que perderse
nada. Objetivos: la mañana conociendo el mercado y la ciudad de Catania, la
tarde para acercarnos a Taormina y Acireale, y la noche para cenar en el pueblo
de pescadores de Santa María La Scala.
Al mercado, ya se sabe, hay que ir temprano,
que luego te encuentras todo el pescao vendío. Habíamos leído muchas reseñas
sobre el mercado callejero de Catania, pero todas se quedan cortas, digo lo
mismo que con los mosaicos de Casale, esto sí que no hay que perdérselo. Las
plazuelas y calles de detrás de la catedral (Plaza del Duomo) se llenan desde
primera hora de puestos de pescado, carne, verduras, quesos, venga gente color y vocerío, esto no es como
la Boquería de Barcelona que está tomada por los turistas, aquí todo son
señoras con la bolsa de la compra y vendedores pegando gritos, los mirones
somos poquitos. Impresionante lo que ellos llaman la lonja del pescado, yo
tenía el Mediterráneo por un mar casi arrasado y ya con pocos peces, pero aquí
hay toneladas de pescado de muchísimas especies con una pinta estupenda, todo
el género te entra por los ojos. Aquí el ama de casa solo compra pescado si lo
ve no fresco, sino vivo, así que casi todo lo que se ofrece está en palanganas,
cubos y tanques de agua de mar: grandes meros aún boqueando, pulpos que se
tiran de la palangana y andan por el suelo, un pescatero que se ha liado a
hachazos con un gran atún y lo salpica todo de sangre, grandes bandejas de
almejas y coquinas que lanzan al aire sus chorritos de agua, espectáculo y
autenticidad por todos sitios.
En la parte menos positiva, no parece haber
control de tallas, porque ves cabrachos del tamaño de un dedo y rodaballos poco
más grandes que monedas, y este mercado lo repiten todos los días, y seguro que
tiran lo que no venden. ¿Hasta cuándo aguantará el Mediterráneo semejante
esquilme? Pues los sicilianos llevan en ello más de 2.000 años, y no parecen
tener problema.
Los puestos de carne y verduras tampoco se
quedan atrás, los precios son mejores que en España, y la variedad es muy
grande. Una idea que nos gustó especialmente: en los puestos de verdura te
venden cebollas, berenjenas y pimientos recién asados a la brasa, con lo que te
los llevas a casa y haces una escalibada o un pisto en un momento. Las alcachofas
se venden ya peladas y frotadas con limón, te desganan los guisantes a mano, en
fin, aquí el que no come verduras no es por pereza.
Iniciando la tarde cogimos el coche y salimos
para Taormina, unos 50 kms por la autopista de la costa con precioso paisaje.
Taormina es una antigua ciudad subida en una peña, que tiene ese halo de haber
sido residencia de verano de actores y actrices de Hollywood en la época de la
Dolce Vita. Complicada subida en coche por viaductos de hormigón y mal para
transitar por sus callejas, mejor optar por el funicular y luego moverse a pie.
Tiene un famoso teatro grecoromano en lo más alto del risco, pero nos pareció
poco conservado, eso sí, tiene la gracia de su localización y las vistas sobre
toda la bahía y el Etna al fondo. Luego pasamos la tarde paseando por la larguísima
calle principal, que va recorriendo todo el risco, y viendo las buenas tiendas
que hay en el pueblo. Te puedes tomar un café en la maravillosa terraza del
Hotel Metropole que da sobre el mar azul, y sentirte por un momento Audrey Hepburn.
A la vuelta hacia Catania paramos en Acireale, donde nos pasó el incidente con la generosa funcionaria del aparcamiento, y siguiendo otras recomendaciones de viajeros nos bajamos a nivel del mar a un pueblito de pescadores, Santa María L´Escala a cenar pescado en un restaurante presuntamente muy auténtico llamado La Grotta. No nos convenció la pinta un poco pija, y la oferta de peces eran unos sargos de tamaño dudosamente reglamentario (por uno así estuvo a punto de multarme la Guardia Civil este verano), así que probamos en La Rosa del Venti, más discreto y baratito, gran acierto. Si váis pedid una ración de cozze (mejillones), una fuente con casi dos kilos con salsa de ajo y perejil.
Llegamos tras otro largo día a nuestro
estupendo hotel y nos fuimos a la cama, al dia siguiente el plan era salir
hacia Cefalú y Palermo con parada para ver el Etna, y quizá tener un rato
playero de relajo, que de todo tiene que haber.
