miércoles, 28 de septiembre de 2016

Viaje a Sicilia IV. Catania y Taormina

No me veo capaz de resumir el resto del viaje en un solo artículo, así que vuelvo a saltarme los planes iniciales y a alargar la serie uno más, el último, lo prometo, que será Etna Cefalú y Palermo.

Henos aquí llegando a Catania a media tarde después de un viaje tranquilo por autopista de solo 50 kms. Agradable sorpresa el hotel seleccionado esta vez por el proveedor, el Via del Bosco Next Hotel Design, muchas expectativas nos producía un nombre tan largo e historiado, y se cumplieron. Se trata de dos antiguas villas en el centro, unidas por los jardines, decoradas en el estilo clásico que debieron de tener cuando pertenecían a pudientes familias: empapelado amarillo, muebles de estilo francés, confortables zonas comunes, un jardín muy cuidado y hasta aparcacoches (perdón, “valet para los vehículos”), qué gustazo darle las llaves y que él se encargue de todo. Sin duda por nuestro aristocrático aspecto nos asignaron la Suite Baldaccino, silenciosa y confortable, con una gran cama con cortinas alrededor, nos dispusimos a gozar de los dos días que teníamos allí contratados.

Alguien poco informado nos había dicho que Catania no tenía mucho que ver, qué bocas, es una gran ciudad con mucho patrimonio monumental, con universidad (con el ambiente que eso genera), y sobre todo con un mercado apabullante del que habíamos oído hablar mucho. Tras instalarnos en la regia habitación pedimos opinión al encargado sobre dónde cenar y nos recomendó irnos a uno de los tres pueblos costeros que hay hacia el norte: Acicastello, Acitrezza y Acireale. Queríamos llegar al último, pero visto lo mala y congestionada que estaba la carreterilla costera nos quedamos en Acicastello, y aprovechamos para ver el atardecer en el área marina protegida de las Islas Cíclopes. Decidimos darnos un homenaje en un restaurante romántico de pescado, pero no fue gran cosa, está visto que aquí lo que funciona son las trattorías populares.

Tras un lujoso sueño bajo nuestro baldaquino nos preparamos al día siguiente para otra jornada apretada, no hay que perderse nada. Objetivos: la mañana conociendo el mercado y la ciudad de Catania, la tarde para acercarnos a Taormina y Acireale, y la noche para cenar en el pueblo de pescadores de Santa María La Scala.

Al mercado, ya se sabe, hay que ir temprano, que luego te encuentras todo el pescao vendío. Habíamos leído muchas reseñas sobre el mercado callejero de Catania, pero todas se quedan cortas, digo lo mismo que con los mosaicos de Casale, esto sí que no hay que perdérselo. Las plazuelas y calles de detrás de la catedral (Plaza del Duomo) se llenan desde primera hora de puestos de pescado, carne, verduras, quesos,  venga gente color y vocerío, esto no es como la Boquería de Barcelona que está tomada por los turistas, aquí todo son señoras con la bolsa de la compra y vendedores pegando gritos, los mirones somos poquitos. Impresionante lo que ellos llaman la lonja del pescado, yo tenía el Mediterráneo por un mar casi arrasado y ya con pocos peces, pero aquí hay toneladas de pescado de muchísimas especies con una pinta estupenda, todo el género te entra por los ojos. Aquí el ama de casa solo compra pescado si lo ve no fresco, sino vivo, así que casi todo lo que se ofrece está en palanganas, cubos y tanques de agua de mar: grandes meros aún boqueando, pulpos que se tiran de la palangana y andan por el suelo, un pescatero que se ha liado a hachazos con un gran atún y lo salpica todo de sangre, grandes bandejas de almejas y coquinas que lanzan al aire sus chorritos de agua, espectáculo y autenticidad por todos sitios.

En la parte menos positiva, no parece haber control de tallas, porque ves cabrachos del tamaño de un dedo y rodaballos poco más grandes que monedas, y este mercado lo repiten todos los días, y seguro que tiran lo que no venden. ¿Hasta cuándo aguantará el Mediterráneo semejante esquilme? Pues los sicilianos llevan en ello más de 2.000 años, y no parecen tener problema.

Los puestos de carne y verduras tampoco se quedan atrás, los precios son mejores que en España, y la variedad es muy grande. Una idea que nos gustó especialmente: en los puestos de verdura te venden cebollas, berenjenas y pimientos recién asados a la brasa, con lo que te los llevas a casa y haces una escalibada o un pisto en un momento. Las alcachofas se venden ya peladas y frotadas con limón, te desganan los guisantes a mano, en fin, aquí el que no come verduras no es por pereza.

Salimos de las calles del mercado y nos dedicamos a ver el resto de la ciudad, la catedral, las iglesias, el decrépito barrio de los palacios barrocos y la mega catedral de San Nicola, una obra que merece estar en el catálogo mundial de despropósitos, concebida para ser la más grande de Sicilia a mitad de construcción comenzó a tener problemas de estabilidad y de financiación y quedó a medio hacer. Nos acercamos luego a ver la universidad, un antiguo monasterio con claustro que merece visita por el monumento en sí y por el ambiente, los estudiantes sentados por los pasillos repasando antes del examen, consultando las listas de notas, ¡ay pardillos, lo que os queda!. En los alrededores se come de maravilla y muy barato, por todos sitios te ofrecen menú estudiantil. Nos hicimos foto en la facultad de Giurisprudenza, por aquello del gremio.

En Catania tienen preciosa cerámica de Caltagirone, unas vistosas cabezas de rey y reina en versión cristianos moros o negros, de rasgos muy logrados y colores vistosos, muy decorativas. Eso en la versión cara, porque también tienen otros mucho más baratos, pero como suele pasar, mucho más feos. Luego buscamos esa cerámica en otras ciudades, y ya no era tan bonita.

Iniciando la tarde cogimos el coche y salimos para Taormina, unos 50 kms por la autopista de la costa con precioso paisaje. Taormina es una antigua ciudad subida en una peña, que tiene ese halo de haber sido residencia de verano de actores y actrices de Hollywood en la época de la Dolce Vita. Complicada subida en coche por viaductos de hormigón y mal para transitar por sus callejas, mejor optar por el funicular y luego moverse a pie. Tiene un famoso teatro grecoromano en lo más alto del risco, pero nos pareció poco conservado, eso sí, tiene la gracia de su localización y las vistas sobre toda la bahía y el Etna al fondo. Luego pasamos la tarde paseando por la larguísima calle principal, que va recorriendo todo el risco, y viendo las buenas tiendas que hay en el pueblo. Te puedes tomar un café en la maravillosa terraza del Hotel Metropole que da sobre el mar azul, y sentirte por un momento Audrey Hepburn.

A la vuelta hacia Catania paramos en Acireale, donde nos pasó el incidente con la generosa funcionaria del aparcamiento, y siguiendo otras recomendaciones de viajeros nos bajamos a nivel del mar a un pueblito de pescadores, Santa María L´Escala a cenar pescado en un restaurante presuntamente muy auténtico llamado La Grotta. No nos convenció la pinta un poco pija, y la oferta de peces eran unos sargos de tamaño dudosamente reglamentario (por uno así estuvo a punto de multarme la Guardia Civil este verano), así que probamos en La Rosa del Venti, más discreto y baratito, gran acierto. Si váis pedid una ración de cozze (mejillones), una fuente con casi dos kilos con salsa de ajo y perejil.

Llegamos tras otro largo día a nuestro estupendo hotel y nos fuimos a la cama, al dia siguiente el plan era salir hacia Cefalú y Palermo con parada para ver el Etna, y quizá tener un rato playero de relajo, que de todo tiene que haber.


sábado, 24 de septiembre de 2016

Viaje a Sicilia III. Enna, Casale y Siracusa

Tampoco pasamos mala noche en el feo hotel Dei Pini, la nevera no hizo ruido porque no funcionaba y el desayuno no fue tan horrible como cabía esperar, a excepción del zumo de polvitos, el mismo en todos los hoteles, en Sicilia el zumo de naranja es rojo porque los polvitos imitan a naranjas sanguinas.

Nuestra primera decisión del día, reconozco que discutible, fue no visitar el Valle de los Templos de Agrigento, habíamos leído en varios foros que aún siendo estupendo no es mejor que Segesta y Selinunte y aún teníamos por delante 240 kilómetros que recorrer con varias paradas obligatorias. Vimos el valle desde un parque de Agrigento y nos echamos a la autopista, pesadísima de obras polvo y desvíos en este tramo.  Las llanuras del interior de Sicilia están en esta época muy resecas y amarillas, como las de España, solo en las montañas y en la costa todo volvía a ponerse verde.

Enna es otro precioso pueblo fortificado y medieval en lo alto de una montaña, lo mismo que Calascibetta, que se ve enfrente desde los miradores. Tiene una catedral con maciza torre cuadrada, complejo artesonado y un órgano inmenso, nos llamaron la atención las viejas escaleras de palo de más de 20 metros de altura que tenían apoyadas en una esquina para quitar las telarañas de los techos, Hay que tener narices para subirse en ellas. Agradable paseo luego por las calles entre la gente que vive su vida, llamativo el sistema de eliminación de basuras que usan aquí: la señora descuelga desde el balcón una bolsa blanca y la deja ahí a media altura hasta que pasa el basurero, todas esas bolsas hacen un rasgo decorativo más por las callejuelas llenas de escaleras, motos y macetas de flores. Comemos en una trattoría recomendada por las guías, abundante estupendo y barato como siempre.

Ya en ruta otra vez buscamos el lago de Pergusa, donde dice la mitología que Hades raptó a Perséfone. Los sicilianos, con poco respeto a ese romántico evento han construido un circuito de carreras todo alrededor, imposibilitando el acceso salvo que te cueles por una puerta rota, lo que hicimos. Según leo es el único sitio de Europa en el que crece salvaje la planta del papiro, y en efecto los había, pero aún así el lago no tiene más que agua verdosa y unos patitos, creo que esta visita es prescindible.

Imprescindible es en cambio nuestra próxima parada, madre mía, un top y un must, la villa romana de Casale y sus impresionantes mosaicos, esto sí que no hay que perdérselo. Cuesta encontrarlo porque hay que dar vueltas y revueltas por las carreterillas que bordean el río, pero merece la pena. Hay muchos autobuses y una auténtica ciudad de puestos de recuerdos en la antesala que recuerda a la zona del duty free cuando vas a tomar el avión, pero en esta época no hay colas y se entra bien. Una vez dentro vas pasando, de menos a más, por las cocinas y los cuartos de la servidumbre (donde los mosaicos son geométricos y sencillos), los aposentos de los señores con estupendas escenas de hombres cazando y señoras jugando, y llegas al final a una especie de inmensa habitación alargada para recepciones y compromisos oficiales con el suelo lleno de escenas de captura de animales africanos y asiáticos para el circo que impresiona de verdad. Esta claro que al artista le gustaban mas los animales que las personas, porque hombres y mujeres aparecen en posturas repetidas y hieráticas, pero los animales son todo color y movimiento: tigres, leones, leopardos, ñúes, allí peleando o comiéndose a algún cazador, te quedas asombrado por su realismo y fidelidad, porque además el artista no tenía fotos, lo hizo de memoria.  Nos cayó aquí una manta de agua respetable, y vimos que las viejas cloacas romanas funcionaban perfectamente tragando tantos y tantos litros de agua.

Siguiendo los consejos de otros viajeros nos acercamos luego a Piazza Armerina, el pueblo que se encuentra cerca y que la mayoría de los turistas dejan pasar. Es otra pequeña ciudad medieval en lo alto de la colina con su catedral, su castillo y su vida apacible y provinciana, en cada rincón te encuentras un encuadre que te dice algo, el paraíso del fotógrafo. Creo que estos pueblos han sido lo mejor del viaje.

Al coche para el último tramo del dia y según nos vamos acercando a Siracusa las nubes se apelotonan y van ennegreciendo el cielo, empieza a caer y de repente, ya entrando en la ciudad el diluvio universal, agua furiosa, ríos bajando por las calles y el coche anegado hasta la panza en los cruces. No se ve nada, así que vagamos buscando el hotel por las callejuelas próximas al puerto, preguntamos en otro hotel y nos dicen que está lejos y difícil, no son capaces de dibujar el camino en el mapa. Al fin entre la intuición, el móvil y el mapa, llegamos al UNA Hotel Wellness&SPA bajo la lluvia y corremos con la maleta a la recepción. Este es como mínimo un hotel “raro”. Bicicletas en la puerta, chicas en chándal en la recepción, pasillos oscuros con fuentes y luces verdes. Es un hotel pensado para jóvenes parejas vigoréxicas, tienen gimnasio gratuito, balneario en los sótanos y desayuno con zumos de lechuga y remolacha y todo eso. A nosotros después del hotel Dei Pini todo nos parece estupendo.

Siracusa es otra ciudad preciosa de Sicilia (aún no hemos visto una fea), bien pegada al mar, tanto que el casco viejo está construido en una isla unida a tierra solo por dos pequeños puentes. Para ver una ciudad así lo mejor es hacerlo en barco, así que nos apuntamos a una excursión turística por la costa. El precio son 20 euros pero la chica está ansiosa por regatear, así que se regatea ella sola y nos lo deja finalmente en 10 por persona, sin que abramos la boca. Estupenda la excursión en un dia fresco y soleado, nos lleva por las calas, las cuevas marinas (igualitas a las de La Franca), y luego a ver la ciudad desde el mar, los palacios, los fortines, y las “rocas que parecen cosas”: El Delfín, El Corazón, El Elefante, y realmente lo parecen. Como italiano que es el chaval del timón enseguida empieza a pegar la hebra y contarnos su vida, es pescador pero en verano se apunta a esto y le pagan mucho mejor, y luego saca el móvil y nos enseña fotos de toda su familia, la mujer, dos niñas, los padres, un pulpo de 15 kgs y una pesca milagrosa de grandes sargos. Me encanta esta gente italiana, ¿lo he dicho ya antes?.

Desembarcamos y empezamos la visita a pie de la isla de Ortigia, el núcleo de la ciudad vieja, un fantástico pastiche de estilos, civilizaciones y religiones, hay templos griegos y romanos, palacios venecianos, sinagogas judías, teatros barrocos, baños árabes, catedrales, austeros fuertes aragoneses, todo metido en una isla, en cada calle y en cada esquina algo que admirar, tanto que ver y tan poco tiempo. Caemos cansadísimos y aplanados por el sol en una terracita frente al mar y nos tomamos una cerveza para recuperar un poco.












Y aquí estamos de nuevo tomando el coche y saliendo hacia Catania, por suerte esta vez el destino no está lejos, a unos 50 kms por autopista, y además tenemos dos noches seguidas en el mismo hotel, una ocasión para descansar y tomárnoslo con más calma, bueno, esperemos.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Viaje a Sicilia II. Palermo, Trapani, Agrigento.




Habíamos quedado en el anterior artículo recién aterrizados en Palermo y ya subidos en nuestro flamante Fiat Punto de alquiler, el plan inicial era bajar a Palermo, ocupar la habitación en el hotel Mercure y si acaso pasar el dia conociendo un poco la ciudad, porque teníamos otros dos días en ella al final de la semana. Pero nuestro itinerario no tocaba el pico noroeste de la isla y eso no está bien, no queríamos perdernos nada, así que cambiamos de planes sobre la marcha y salimos a la autopista E90 a eso de las 12, dispuestos a gastar el día por ahí lejos, dejando la capital para el final de la semana. La energía inicial y el entusiasmo nos hacían olvidar el jet lag y el cansancio.

Todo el mundo nos había hablado muy bien de Monreale, un pueblo histórico en lo alto de la montaña (como tantos que veríamos luego) a 11 kilómetros de la capital, así que empezamos por ahí. Subida con muchas curvas y llegada por los pelos a la última media hora de apertura de la catedral, en esa peculiar mezcla de estilo bizantino y normando y con preciosos mosaicos dorados, de los mejores de la isla. El Cristo del ábside es muy expresivo, nos recordó al que aún se ve en Santa Sofía, en Estambul. En cuanto el puntual funcionario nos echó del templo (puntual para cerrar, no sé yo para abrir), dimos una vuelta por el pueblo, que tiene poco más que ver: el mirador sobre Palermo y la plaza. Comimos cualquier cosa en una terraza y venga, a bajar las cuestas para ver otros lugares. La autopista pasa ahora por viaductos y túneles en un paisaje muy montañoso que recuerda a La Hermida.

Una parada para tomar un baño en la playa de Castellammare, melancólica ya con pocos turistas (ahora viéndolo con perspectiva me asombra esa energía inicial, teniendo en cuenta cómo acabamos el viaje), y al coche otra vez para seguir bordeando la costa del Tirreno. Pasamos una idílica cala azul,  Guidaloca, y subimos al antiguo caserío de Scopello, en su día factoría de atunes y tomado hoy por gente alternativa y por restaurantes con terraza sobre el azulísimo mar, merece la pena. El objetivo final del día era Erice (Ériche dicen ellos), un pueblo medieval que domina Trapani. En la entrada del pueblo unos amables policías habían decidido cerrar la carretera porque sí (la reabrieron al poco de pasar nosotros) y nos mandaron abajo a Trapani a buscar un ascenso alternativo. Tras mucho preguntar dimos con la nueva subida,  interminable y de mérito (recomiendo encarecidamente el funicular), pero el resultado bien mereció la pena, el pueblo es monumental y tuvimos un precioso atardecer sobre Trapani, sus salinas y una especie de peñón de Ifach a lo bestia, San Vito Lo Capo.

Si nuestro plan fuera libre seguramente hubiéramos elegido un hotelito aquí y mañana hubiéramos seguido viaje hasta Agrigento, pero nuestro fly&drive incluía noche pagada en Palermo, así que larguísimo tramo de carretera de vuelta llena de curvas, de noche, y con el remate final de encontrar el hotel en el caótico trazado palermitano, hubo un momento en que reventamos, dejamos el coche de cualquier modo en la calle y buscamos un sitio para cenar.

Atraídos como las polillas por una terraza muy iluminada y llena de gente dimos con el restaurante Ferro di Cavalo, menudo hallazgo, una trattoria especializada en pescado y baratísima, en la que el pago funciona al modo tradicional basado en la buena voluntad: cuando acabas la cena le explicas al de la caja lo que has comido y él se fía y te lo cobra. Pierde algún plato, pero sólo el dueño toca el dinero, muy siciliano. Algo reconfortados encontramos por fin el hotel Mercure que nos recibió con su estilo de sólida elegancia y eficacia (me encanta esta cadena) y caímos muertos en la inmensa cama. Para terminar un día que había amanecido en Madrid, ya estaba bien.

Al dia siguiente decidimos levantarnos algo tarde para descansar del palizón del dia anterior, y disfrutamos del desayuno con esos canutillos de queso Ricotta que ya veríamos por todas las pastelerías. El plan del día era ruinas y más ruinas, que de eso hay en la isla para aburrir, tirando para el sur y parando en Segesta, Selinunte y finalmente en Agrigento.

Son impresionantes e imprescindibles las ruinas de Segesta y las de Selinunte, dos grandes ciudades rivales de la época griega, la primera fundada por los élimos, un pueblo de origen desconocido que se decía descendiente de troyanos huidos, y la segunda, la gran colonia griega en la costa. Separadas por unos 40 kilómetros, mantuvieron continuas refriegas e incidentes de frontera hasta que los griegos de Selinunte se hartaron, subieron a Segesta en expedición de castigo, y pasaron a cuchillo a sus 10.000 habitantes borrando del mapa la ciudad y toda su civilización, en aquella época estas cosas se resolvían así. Quedó como testigo mudo un gran templo en piedra amarilla que aparece hoy perfectamente reconstruido, impresiona verlo solo en medio del valle, sin casas ni pueblos alrededor. Hay también un pequeño anfiteatro en la colina, si subís a verlo recomiendo encarecidamente tomar un autobús que sale de abajo, por 3 € te ahorras la penosa subida bajo el sol.

Las ruinas de Selinunte no son menos impresionantes, un recorrido por varios templos al borde del mar, se toman unas preciosas fotos de columnas con el azul de fondo. La novedad de este yacimiento para mí es que se pueden ver dos templos no restaurados, uno de ellos de hecho el más grande de la isla, así que te puedes hacer una idea de cómo estaba todo tras siglos de terremotos antes de que llegaran los restauradores: una revuelta montaña de rodajas de columna como de 20 metros de altura, los sencillos y grandiosos capiteles dóricos extendidos por el suelo en todas las posiciones como platillos volantes derribados, cada uno debe pesar muchísimas toneladas. Chapó por los restauradores que tienen que decidir cómo resolver este enloquecido puzzle, no puedo imaginar el tamaño de las grúas necesarias para apilar las rodajas, y chapó desde luego por los griegos, que lo construyeron sin grúa. Algunas columnas serán más fáciles porque aparecen solo derribadas de lado, como un chorizo recién cortado en lonchas. 
   
De nuevo al coche para seguir ya de un tirón hasta Agrigento, donde haremos noche. Pasamos por delante del Valle de los Templos, ahora iluminado, y callejeamos hasta encontrar el hotel Dei Pini, pinchazo en hueso esta vez, ya me lo temía cuando miré su calificación en Booking, solo un 7, hace mucho que adopté la norma de no reservar en un hotel con calificación inferior a 8 pero esta vez decidía la mayorista, aunque les pedí que lo cambiaran me dijeron que nadie se había quejado. Es un hotelón de carretera de los años 70 de esos que salen en las películas de viajantes, oscuro y deprimente. El recepcionista se desvive por mejorar la impresión y nos cambia el cuarto, pero el tema no mejora. Salimos a cenar a Agrigento, una ciudad que nos parece bonita, una calle central larguísima llena de comercio y restaurantes, las calles laterales de la derecha van hacia arriba llenas de escaleras, las de la izquierda bajan hacia el valle, recuerda bastante a Béjar. Nos sentamos en un restaurante que ha ocupado con sus mesitas toda una empinada y romántica plaza lateral (”Di Bacco”), la luz es amarilla y hay varios gatos pidiendo una sardina a los clientes. Algún vecino de los balcones se pone a tender la ropa y nos cae encima un chorro de agua (espero), pero todo se resuelve con un poco de buen humor y un cambio de mesa.



Y aquí nos quedamos durmiendo en el extraño hotel, mañana será otro día y habrá que tomar decisiones porque nos separan 240 kilómetros de nuestro destino, Siracusa, y por el camino hay cosas que no nos podemos perder como Enna y la villa romana de Casale, hoy ya a descansar.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Viaje a Sicilia (I)


Ya hemos vuelto de nuestro viaje a Sicilia, siete noches y ocho días dando vueltas por la isla en nuestro coche alquilado, una experiencia intensa de verdad, así que aquí me pongo a contarlo porque mucha gente me ha preguntado cómo es aquello, y cómo resulta esa fórmula de viaje que está poniéndose de moda, los paquetes fly&drive.

El fly&drive consiste en que el mayorista te vende los billetes de avión, el alquiler del coche y las noches de hoteles, y tú ya si eso te las apañas para sobrevivir y verlo todo. He visto anunciada esta fórmula para Escocia, Islandia, Croacia y para otros destinos, normalmente suele durar una semana. Ventajas: tienes total autonomía para desplazarte y organizar tus días, comer donde quieras o quedarte más rato en la cama, los hoteles ya están elegidos y son de buen nivel (salvo uno del que ya hablaré), y el precio es muy bueno. Desventajas: esa misma libertad es una fuente de estrés, quieres verlo todo y no perderte nada y necesitas una tarea previa de planeamiento y estudio de guías. La libertad es relativa porque tienes que hacer el viaje en el orden marcado y durmiendo en las ciudades contratadas, a veces te apetecería alterar el plan y no es posible.

Por mi parte voy a enviar al mayorista dos sugerencias: que incluya un itinerario recomendado con las cosas que hay que ver, y que quite un hotel del paquete y lo cambie por otro, ya se lo pedí antes de salir por las bajas puntuaciones de Booking, pero no me hicieron caso.

Sicilia es una isla maravillosa y siempre sorprendente, hay ruinas griegas y romanas para aburrir (los templos griegos mejor conservados, aunque los mejores anfiteatros siguen siendo para nosotros los de la costa de Turquía), ciudades con esa mezcla de lo viejo y lo nuevo tan italiana, playas muy azules de arena fina y agua templada, y una gente estupenda que te acoge y te recibe como a uno más, algunos ejemplos tenemos que son para no creer.

Nuestro itinerario comenzaba con una llegada temprana a Palermo, coger en el aeropuerto el coche de Hertz (gran cola lentísima, pero nos compensaron con un upgrade de Panda a Fiat Punto), y siete noches en Palermo, Agrigento, Siracusa, Catania (2) y de nuevo Palermo (2). Entendimos, porque nadie nos lo explicó, que las dos noches finales en Palermo son para ver la ciudad con calma, y que una de las dos noches de Catania es para que te acerques a ver Taormina y subas al Etna. Renunciamos desde el principio a ver el pico sur (y la ciudad de Ragusa), pero es que la isla es muy grande, la más grande del mediterráneo, y aunque en nuestro mapa aparecía dibujada una flamante autopista que recorría todo el sur (ponía: “terminación prevista en 2013”), lo cierto es que no había ni trazas de ella, quizá otro de los misteriosos trucos de la Mafia, allí le echan la culpa de todo.

Para organizar un poco toda las cosas que me apetece contar casi empiezo hoy por unas generalidades sobre la isla, y hago luego dos artículos más, uno sobre el noroeste (Trápani) el oeste (Agrigento) y el sur (Siracusa), y otro sobre el este (Catania y Taormina) y el norte (Cefalú y Palermo). Ya sé que alguna vez he dejado coja una serie que he comenzado con tan buenos propósitos, espero que esta vez no pase.

La Gente: empezamos por lo que más nos ha impresionado, qué maravilla, qué amables, simpáticos abiertos y deseosos de ayudar, les encantan los españoles y todos han ido o quieren ir a Madrid, o tienen algún pariente o amigo allí. No exagero, ejemplos concretos: si te pierdes en una ciudad (pasa mucho), no solo te dan las indicaciones, si van en coche se salen de su ruta para que les sigas, o se montan contigo en el coche y se bajan allí. Fue exagerado en Catania, una pareja llegaba por la noche de su domingo y había encontrado sitio para aparcar, se disponían a subir al piso con los brazos llenos de trastos y cuando les preguntamos lo metieron todo de nuevo en el coche, perdieron el sitio, y nos guiaron durante más de veinte minutos por los intrincados laberintos callejeros hasta dejarnos en la misma puerta del hotel. Nos dimos muchos abrazos e intercambiamos nombres y noticias de la familia. Y otro: en Acireale no teníamos dinero suelto para pagar el ticket del ayuntamiento, se lo dijimos a la guardia, y se puso a hacer una colecta entre sus compañeros para sacarnos el ticket de la máquina, ¡dile esto a un controlador de la ORA en Madrid!.

Las calles están muy ambientadas siempre, familias endomingadas, tertulias en las terrazas de los cafés, un funeral con coche fúnebre, un cortejo de boda, críos jugando al fútbol en la plaza, escenas dignas de una película de Alberto Sordi a cada paso. En algunos pueblos disfrutamos de largos paseos simplemente viendo el ambiente y estando entre la gente.

El Idioma: a menos que sean gente del turismo no hablan mucho inglés, pero el italiano se entiende muy bien, sobre todo si eres viejo y estudiaste latín en el bachiller (es para lo único que te va a servir). Si les hablas en español harán por entenderlo, y si encima intentas chapurrear algo de italiano, les caerás bien de inmediato. 

Los Precios: todo muy barato, especialmente la comida. Muy buena pasta y pizza, claro, pero también muy buen y barato pescado por toda la isla, verduras y fruta, los mercados son dignos de ver y los cartelitos de precios te hacen retroceder diez años. Se puede comer bien en los restaurantes y trattorías por unos 15 euros. Como siempre, hay que tratar de huir de los sitios turísticos y preguntar a la gente dónde comen ellos.

Conducir: siempre se dice que conducen mal y agresivamente, pero no es cierto, lo que ocurre es que conducen en modo supervivencia. Las calles son tan caóticas y oscuras, no hay apenas semáforos, tienen que meter el morro y colarse o no pasan nunca el cruce, las motos se mueven por espacios inverosímiles, si cometes el error de ceder el paso a uno se te meterán por el hueco diez. Nos sorprendió en cambio que nadie usa el claxon, la masa de coches fluye en silencio absoluto, si alguien se cuela no le pitan, la próxima se lo harás tú. En ese ambiente pronto te haces más italiano que ellos y aprendes, y hasta disfrutas, del arte de ganar la posición. Fuera de las ciudades las carreteras son malas y mil veces parcheadas, salvo en las autopistas centrales, que están bastante bien. Capítulo aparte merecen los ascensos a las ciudades y pueblos de montaña, como Erice o Taormina, con mil curvas y viaductos sobre el abismo. En estos dos pueblos hay un funicular que te ahorrará el trago y el aparcar arriba. Orientarse no es sencillo, las calles están mal trazadas y peor conservadas y la señalización de carreteras es escasa e imprevisible, así que un consejo: llévate un TomTom o elige el coche alquilado con él, merece la pena. Si tienes que ir con el Maps del móvil aprende a bajarte las rutas del día siguiente en el wifi del hotel, realmente te salvan la vida.

La Epoca para viajar: Nosotros fuimos a mediados de septiembre, y se estaba muy bien. Había turismo pero ya no masivo, se entraba enseguida a los monumentos, se aparcaba bien en todos sitios y había mucho espacio en las playas. Imagino que Mayo y Junio serán buenas épocas también, pero en Julio y Agosto hay realmente mucha gente, y hace demasiado calor. Tuvimos días de bastante sol y tardes de fuerte tormenta.





Y vamos a dejarlo ya para el segundo capítulo, de Palermo a Siracusa, mucho que recordar y contar, a ver si me dura el entusiasmo inicial, porque vale la pena...