martes, 5 de julio de 2016

FIORDOS 2016 (I).- Subida al Preikestolen

Empiezo la crónica del crucero a los fiordos noruegos con un artículo sobre la subida al Púlpito (Preikestolen) pensando en los amigos montañeros, que tendrán un interés especial en esta excursión. Ya si eso en próximas semanas iré contando otras visitas (Trondheim, Alesund, Bergen), y mis impresiones sobre el viaje en crucero, el tercero para nosotros, que merece una charla aparte. Esta forma de hacer turismo está muy de moda y tiene grandes ventajas, pero también algunos inconvenientes.

Preikestolen es hoy una atracción superturística, mucha gente intenta llegar arriba y allí ves de todo: gente con perros, niños pequeños, padres con un bebé atado al pecho o a la espalda, todo tipo de calzado que incluye tacones altos y sandalias con plataforma, y sobre todo personas muuuy mayores, o en pésima forma física. Pero claro, muchos empiezan pero no todos llegan, a partir de los primeros riscos y escalones, de las primeras paredes verticales, la gente se va dando la vuelta discretamente y se bajan. Un factor de presión añadido es que para llegar allí tienes que tomar un transbordador con horarios rígidos, así que normalmente tienes el tiempo limitado a dos horas de subida y otras tantas de bajada, y ojo, cuesta bastante más bajar que subir. 
   
La ruta es relativamente reciente, se dice que un noruego vió la roca en lo alto cuando navegaba por el fiordo, se propuso llegar a ella y buscó el acceso, no se imaginaba el negocio que estaba inaugurando. El camino actual fue trazado y construido con ayuda de sherpas nepalíes, y es realmente un obrón, con zonas de grandes escalones de granito sin desbastar y pasarelas de madera y cadenas.

El sendero comienza en el aparcamiento inferior de los autobuses y va pasando por bosques de abeto primero, hayedo y enebro después, algunas navas pantanosas y zonas de grandes lajas de granito, pequeños lagos de agua oscura y riscos desnudos en la parte alta. El recorrido total es de 3.800 metros y la ascensión acumulada de casi 500 metros, con un grado de dificultad calificado como medio. El abismo cuando te asomas es de algo más de 600 metros, pero ojo, no es el mayor acantilado de Europa, ese es el risco de Fanenque, que está en Gran Canaria (1070 mts). Dato curioso, históricamente solo se ha caído un turista, que era español, en 2013.

Nosotros comenzamos el día yendo en autobús a Stavanger, la ciudad petrolera noruega (hay oficinas de Repsol), y tomando desde allí un transbordador de coches y autobuses. Una amable guía española nos amenizaba el recorrido contándonos las maravillas de la sociedad noruega en la que ella y su marido se habían quedado a vivir: educación gratis con libros de texto, psicólogos en prevención del acoso escolar, préstamos al 0% a los estudiantes, sistema sanitario gratuito y completo incluyendo dentista y psicólogo, y el plan de pensiones más grande del mundo para sus nacionales. Claro que como dicen los brutos con buena picha bien se jode (perdón), desde que se descubrieron grandes yacimientos de petróleo en el Mar del Norte en 1969, los dirigentes noruegos no han tenido otra preocupación que ver dónde colocaban el imparable chorro de dinero que le iba cayendo encima al país. ¿Y cómo resulta una juventud educada en medio de un mar de dinero y medios? Por según nuestra guía han salido bastante atocinados, necesitan importar muchos españoles e italianos para que les enseñen cómo luchar por un puesto de trabajo, y cómo pisar un poco al de al lado.

Una vez desembarcados y llegados en el autobús al aparcamiento de Preikestolen, comienza la ascensión por la pista de lajas de granito, todos con mucho ánimo y rodeados de personal de toda condición, como ya dije antes. Una marea de turistas vestidos con ropa chillona va subiendo por la pista al principio de juerga y comentando, a partir del primer muro de escalones ya más callados. Una señora con perrillo salchicha va dejando que se te meta entre las piernas, un padre con bebé a la espalda anda con mil ojos al poner los pies, y una señora como de 90 años ha cogido una rama de pino para apoyarse. Los jubilados marchosos del grupo piden paso por favor, equipados con bastones telescópicos y botas de montaña empiezan con mucha ansia que para eso son profesionales, unos kilómetros más arriba los volvimos a adelantar, hay que medirse mejor.

Se alternan ratos de pista en suave subida con verdaderas paredes de escalones hechos de bloques de granito. El suelo está húmedo pero hay buen agarre, no te resbalas. La fila se va despoblando, con mucha discreción la gente que se va dando la vuelta, pero en todo momento tienes turistas por delante y por detrás. En los pasos difíciles te encuentras a los que ya van bajando, y el cruce es complicado. El tiempo es nuboso pero con buena visibilidad todavía.

Por fin, tras subir unas grandes lajas lisas llegas a un paso muy estrecho donde paran la fila y van dejando pasar al mismo número de visitantes que salen, para limitar un poco la gente en la plataforma. Y allí está la pared, con una vista increíble sobre el fiordo, los farallones de enfrente y los lagos arriba de la montaña. Pero ¡oh decepción!, un minuto después de que lleguemos se viene encima un nubarrón tremendo y la niebla nos envuelve, parece de noche, y encima se pone a llover a cántaros. Hacemos fotos aquí y allá, pero no se aprecia la altura, es como si te las hicieras delante de tu casa.

Dicen allí que si no te gusta el clima noruego solo tienes que esperar diez minutos y tendrás otro diferente, pero esta vez no es así, la lluvia parece bien cerrada. Un poco chafados iniciamos el descenso, y quince minutos después el cielo se abre y sale un sol tímido. Por un momento pensamos dar la vuelta y volver a subir, pero el autobús no espera, y tenemos menos de dos horas para bajar. Y menos mal que no lo hicimos porque la bajada cuesta bastante más que la subida, hay que dejar paso a los que vienen en los pasos estrechos, y da respeto bajar los grandes escalones sin nada a lo que agarrarte, y con algún perrillo entre las piernas.

Tras dos horas cumplidas llegamos al fin al aparcamiento con el tiempo justo de hacernos fotos en el cartel y a la orilla del lago, hay allí unas casitas de montaña con el techo de musgo que componen un paisaje noruego precioso, seguramente no es casual.

En resumen, un dia estupendo de montaña que te viene bien para romper la rutina del crucero, una ruta exigente para turistas no habituados (supongo que sólo un paseo para los montañeros avezados), y muchas fotos un poco chafadas por el incidente de la lluvia, pero esa es la cosa del tiempo noruego, tantas cataratas y prados verdes necesitan riego…


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